Desde que aprendí a hablar inglés fluído me di cuenta que quería viajar alrededor del mundo. Sin embargo, no tenía claro como iba a lograrlo. Es una ambición que siempre he tenido y determina mis acciones. Por ejemplo, mi trabajo es solo un medio que me permite ir al próximo destino. Mi pareja es alguien que está siempre debe estar dispuesta a recorrer el mundo conmigo. Incluso, mi decisión de no tener hijos fue motivada por lo difícil (ojo, no imposible) de recorrer el mundo acompañado con alguien que no puede aguantar kilómetros de caminatas y maratones de dos comidas al día.
Viajar es lo menos glamuroso del mundo, lo sé. Los aviones son sucios e incómodos. Los aeropuertos son fríos e impersonales. La gente que no tiene mucho dinero debe quedarse en hostales que están lejos de ser glamurosos. Son útiles, tienen una cama limpia y cómoda y ya está. Las comidas muchas veces se limitan a sandwiches empacados en una maleta para ir comiendo mientras haces una fila interminable en un museo que abre gratis el primer domigo del mes.
Pero también es lo que más me hace feliz. El hecho de conocer lugares maravillosos, ver con mis ojos las maravillas que el hombre ha creado y darme cuenta lo inmenso del planeta me hace tomar mis problemas con calma y me da una sensación de comenzar en un lugar donde nadie me conoce, donde nadie me juzga, donde no debo encajar en un molde. Yo sufro de Wanderlust, lo padezco con amor y todo lo planeo en mi vida en torno a viajar.
Pero esta palabra para mí no solo representa el deseo de estar viajando sino el deseo de estar avanzando en sí. En mi vida laboral, social, romántica... Siempre hay que avanzar y me aterra el sentirme estancada. Este blog, incluso, es la forma en la cual estoy avanzando en mi vida personal, al develar mis demonios y entender mi mundo desde otra perspectiva, una perspectiva que ni Adriana ni yo hemos podido ver.
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